«En el nombre
de Dios, el Misericordioso, el Compasivo, Dios de los mundos, ¡oh, Eterno!
fortalécenos por la luz, afírmanos en la luz, reúnenos a la luz. Haz que el
término de nuestra búsqueda sea encontrar tu agrado y que nuestro supremo fin
sea el que nos prepara a tu reencuentro. Somos los propios opresores de
nuestras almas (Corán VII, 22).
Tú no eres
avaro en la efusión de tu sobreabundancia. Los cautivos de las tinieblas
permanecen en el umbral, esperando la misericordia y la liberación del
cautiverio. El bien es tu vestidura (conforme a tu esencia) y el Mal, oh, mi
Dios, es tu decreto. Tú postulas, por tu gloria sublime, los actos nobles y generosos
y los humanos no alcanzan niveles que los harían dignos de tu venganza.