Proverbio egipcio

“El reino de los cielos está dentro de ti; aquel que logre conocerse a sí mismo, lo encontrará” Proverbio egipcio

martes, 1 de mayo de 2018

Aldo Lavagnini: El "Logos"


"In principio erat Verbum"
(JUAN I – 1)

"En principio era el Verbo (Logos)". Sobre este primer versículo del Evangelio juanítico, los masones apoyan la escuadra que simboliza el criterio de la Razón, y abren el compás de la Comprensión.

Como principio esencial y fundamento eterno de toda cosa, existe primeramente un Logos o Verbo, o sea una Idea Arquetípica de la cual la Palabra es el símbolo y que se hará carne en su expresión exterior, en el mundo de la existencia relativa.

Dado que nos proponemos estudiar la esencia misma, de la Masonería, o sea el espíritu que la anima y le da vida, más bien que sus formas exteriores, y éstas sólo incidental y subordinadamente, debemos comenzar con tratar de escudriñar y penetrar ese Verbo, símbolo de la Idea que en ella se encarna.
Toda idea está, pues, unida íntimamente con una palabra (o conjunto de palabras, que semánticamente la simbolizan), que tiene el poder de evocarla, además de ser el medio o vehículo que sirve para su expresión efectiva. Por lo tanto, un estudio suficientemente profundo de las palabras que se usan en una determinada corriente de pensamiento, en un cualquier movimiento u organización, es el medio más adecuado para ponernos en íntimo contacto y hacernos comulgar con el espíritu, que los anima.
En ese sentido, todas las palabras son secretas y sagradas, pues, además de su significado ordinario, vulgar y exterior, tienen inherente en sí mismas, en un estado latente, otros sentidos o valores espirituales y vitales, que tiene que descubrirse iniciándose en su comprensión.
Y sólo cuando sepamos apreciar debidamente su valor, estaremos en condiciones de entender lo que realmente quisieron decir muchos escritos, que de otra manera quedarían para, nosotros como si fueran en idiomas incomprensibles: hasta podrían considerarse como locuras o puerilidades sin ningún sentido, como ha sucedido y sucede con muchas creencias y tradiciones antiguas.
Para volver a nuestro tema, la palabra Masonería es el primer "logos" que ahora nos compete estudiar. Esta palabra es simbólica, derivando del bajo latín macio (relacionado etimológicamente con el alemán Metzen y el francés mazón), que significaba originariamente "cortador de piedra", y por consiguiente, también "albañil" o constructor; pero, más propiamente constructor de aquellos edificios arquitectónicamente planeados, en que se necesitan y se emplean piedras cortadas.
Por lo tanto Masonería significa materialmente construcción hecha de piedras cortadas., y también denota el arte y la inherente capacidad de producirla. En latín se han usado como términos equivalentes respectivamente structura (construcción) y Ars Structoria, el Arte del Constructor.
De aquí que la idea fundamental que se relaciona con la palabra Masonería sea la de construcción, con el tríplice sentido de "edificio levantado de acuerdo con las reglas del arte*', "obra de construcción, actividad constructiva o acción de construir", "Arte de la Construcción, como íntima fusión y realización individual y tradicional de la Ciencia y de la Experiencia, que se revela estáticamente y se expresa dinámicamente en los dos sentidos anteriores".
Con un símbolo familiar a todos, masones y profanos indistintamente, podemos representar estos tres sentidos de efecto o resultado estático, actividad dinámica e inteligencia constructiva (estática y dinámica al mismo tiempo, pues igualmente se revela en la obra hecha y en su producción), por medio de los tres puntos (.·.), el primero a la izquierda, el segundo a la derecha y el tercero por encima y en medio de los dos, como el arquitrabe sobre las dos columnas en la más simple obra arquitectónica.
En estos tres puntos tenemos los tres aspectos inherentes e inseparables de toda construcción humana: el primero no puede existir sin el segundo, y los dos derivan del tercero, como causa o principio permanente, de los que son respectivamente medio y efecto, o sean sus expresiones en el tiempo (acción) y en el espacio (resultado visible).
El punto superior (o causativo), cuando se considere impersonalmente, es comparativamente eterno, existiendo independientemente de sus dos manifestaciones transitoria y contingente, como valor espiritual inteligente, capaz de reproducirse indefinidamente, en y .por medio de la dicha pareja que se le acompaña en toda particular construcción.
Ahora, si consideramos al hombre, como ser inteligente en la naturaleza que lo rodea, y relacionamos su actividad en general —de la cual la de construir es una especie de prototipo simbólico — con el medio en que tiene lugar, podemos ver que, cualquiera sea lo que hace, todo se reduce, en el fondo, a modificar —de acuerdo con una Idea o un Ideal íntimamente concebidos— todo aquello que se encuentre exteriormente al alcance de sus posibilidades.
En todo caso, utiliza, labra o moldea, de acuerdo con su inteligencia y su capacidad material de hacerlo (los medios de que dispone) la materia prima que se le ofrece, en la que imprime el sello o carácter de su misma obra. Pero, esa "materia prima", aunque relativamente estática y pasiva, inerte y sin vida, es algo que la naturaleza ha producido y está produciendo continuamente. Es una obra a su vez, y un resultado de la actividad constructora de la naturaleza; y si la estudiamos atentamente nos revela una disposición inteligente y armoniosa en toda su estructura y en sus partes, así como también en sus diferentes propiedades, hasta donde alcance la penetración de nuestra inteligencia: ya se trate de una piedra, o de un tronco de árbol, o de cualquiera otra cosa u objeto natural.
Si de esta manera estudiamos todo lo que ha sido producido y produce la naturaleza, la superficie de la tierra, las rocas, las diferentes especies minerales, vegetales y animales, la disposición geográfica de los ríos y de los mares con relación a los continentes y a las tierras que los componen, nuestro globo en su conjunto y en sus movimientos, con relación a los demás planetas y al sistema de que es parte, el movimiento y la disposición de las estrellas fijas que componen otros tantos sistemas solares y siderales, y finalmente el universo en su totalidad, y en la evidente armonía que se descubre entre los diferentes elementos de que se compone, vemos aquí igualmente una obra continua, incesante, ininterrumpida, de acuerdo con un ritmo que revela, en el conjunto y en todas sus partes la realización, progresiva de un plan inteligente, del que las llamadas leyes naturales no son sino aspectos particulares.
En otras palabras, el universo y toda la naturaleza nos revela que, según las palabras de Virgilio, Mens agitat molem. Y todo lo que en un principio puede aparecemos como un efecto puramente "casual" sólo patentiza nuestra ignorancia de la ley causativa que lo produjo, y que se descubre por medio de un estudio más atento y completo. Ese plan, inteligente aparece en la complicada y ordenada disposición de los electrones y protones que componen los átomos1, en la arquitectura geométrica de los cristales, en la asombrosa complicación estructural de las moléculas orgánicas, en la disposición armónica de los órganos y partes de todo organismo, en el canon estético al que tiende instintivamente toda forma orgánica, en el orden y en la armonía que reglan el ritmo de las estaciones y el movimiento de los astros y de los átomos, y finalmente en la ley de evolución que hace crecer y progresar toda forma de vida, hacía una expresión siempre más plena, completa y perfecta de sí misma, en que se revela y se hace patente una idea o Logos preexistente y latente, como la planta en la semilla.
Resulta de esto que todo el universo es una construcción, y puede parangonarse a un inmenso edificio que se desarrolla progresivamente según su propio plan interior, expresión armónica y ordenada de un principio inteligente, de una Inteligencia Inherente, que no cesa de ser tal cualquiera sea el nombre que se le dé —ya sea que se llame Ley Natural o Principio Geométrico. Dios o Creador, o bien según la terminología platónico-humanista y masónica Geómetra, Plan Arquetípico, Sofía o Sabiduría, o Gran Arquitecto del Universo.
En todo el universo, en todas las manifestaciones de lo que se llama vida, y en la vida humana, en particular, no tenemos sino diferentes aspectos de esa Gran Construcción o Masonería Cósmica, en que se hallan constantemente presentes los tres puntos que hemos analizado en la actividad constructora del hombre; la forma externa de la naturaleza y de todo ser viviente, correspondiendo con la estructura, o sea el edificio o templo simbólico; la vida interna como aspecto dinámico, o sea la actividad constructora; y en cuanto a la Inteligencia que ha planeado la obra y preside a su desarrollo incesante, es lo que se llama científicamente Ley Natural y filosóficamente Sabiduría Creadora.
Estos dos términos se refieren a la misma entidad impersonal, y pueden considerarse como equivalentes en dos grados sucesivos y diferentes de comprensión.
Todo el universo es, en su constitución, el resultado de la actividad constructiva que se revela en su dinamismo; y todo ser, toda forma de vida y de inteligencia que aparece como tal y se diferencia dentro del mismo, un obrero o constructor inconsciente o. consciente de esa cualidad, pero siempre activo en la obra o tarea particular que le ha sido asignada por el Gran Logos o Suprema Inteligencia que se identifica con el Plan Arquetípico de la Obra.
Particularmente, toda la vida del hombre es una construcción, que se verifica con la participación y cooperación de su ser consciente y de su naturaleza subconsciente. Esta última es la que ha construido su cuerpo, como edificio o templo orgánico de la vida, ocupándose igualmente de su desarrollo y de su conservación y renovación estructural, así como de todas las funciones de la vida instintiva; es además el asiento de los hábitos y de todo lo que la vida ha asimilado como memoria y experiencia individual y colectiva. Por lo tanto, ejerce una parte muy importante, como obrero (o corporación obrera), en el desarrollo de la vida exterior orgánica y social.
El hombre es, pues, un constructor (consciente o inconsciente) de sí mismo y de su vida, y cualquiera cosa sea lo que haga, cualquiera actividad que emprenda, manifiesta en ella su propia naturaleza de constructor, expresando en la misma, por medio del arte o capacidad adquirida con su experiencia, un plan o idea concebidos por su inteligencia. La totalidad de su vida es la construcción o templo al que se dedica; la eficiencia en ese trabajo y la hermosura y armonía de la Obra —o sean la perfección y felicidad de su existencia— estriban, por lo tanto, en su conocimiento del Ars Structoria (que es igualmente, al mismo tiempo, el Ars Vitae) y en la Sabiduría e Inteligencia que demuestra, de acuerdo con ese conocimiento, en concebir los planes de la vida y ejecutarlos.
Así llegamos a comprender el significado filosófico y operativo de la Masonería, entendida como construcción moral, intelectual y espiritual y no solamente material, en la cual cada masón tiene que labrar la piedra bruta de su personalidad y de su ser instintivo y construir el templo de su existencia y de su carácter, en armonía y en acuerdo con los planes perfectos de la Inteligencia Suprema o Ley de la Vida, de la cual se considera como obrero consciente, y por lo tanto libre y voluntario.
La Masonería viene a ser esencialmente el estudio de la Ciencia y la práctica del Arte de la Vida —Ciencia y Arte que se hallan simbolizadas, y son enseñadas alegóricamente, por medio de imágenes y correspondencias figuradas que, en su mayoría, pertenecen a la Arquitectura, y a la madre de ésta: la Geometría. La una y la otra se estudian filosóficamente— o sea, como amigos y amantes de la Verdad — desde el punto de vista de la Vida, en la que deben encontrar su constante aplicación. El objeto es el perfeccionamiento espiritual y moral de una mismo desde el punto de vista más elevado — del de su dúplice relación (o de sus deberes) interior con el Principio de la Vida, y exterior con sus semejantes y las condiciones del medio en que vive, de manera que haya la más perfecto, armonía tanto en la una como en la otra.
Junto con esa idea central de la construcción, que se nos presenta en el nombre elegido por la Sociedad y en el de sus miembros, así como en sus símbolos principales — que además testimonian su filiación material de los gremios de constructores medievales, y de los anteriores de la época clásica y de la antigüedad — encontramos en ella otras ideas, expresiones simbólicas v palabras afines, que demuestran su derivación, en una especie de tradición ininterrumpida de los esfuerzos ideales e idealistas de todos, los tiempos.
Entre estas palabras tienen el primer lugar las de Sapientía o Sabiduría, Filosofía humana (o sea, universal], Arte y Ciencia de la Moral o de la, Vida, y el conocido trinomio Libertad-Igualdad- Fraternidad.
La Sabiduría es aquella que edifica la casa, y constituye por lo tanto, el fundamento necesario de toda actividad constructora. La hermosura y la estabilidad de un edificio, estriban precisamente en la Sabiduría que supo concebirlo, y en la Inteligencia que lo llevó a cabo, las que patentizan y demuestra. Por lo tanto, su adquisición ha de ser el objeto constante de nuestros mejores esfuerzos: la vida misma no tiene, en el fondo, otro objeto; cumplimos con su real finalidad, según logremos obtenerla (como la abeja extrae la miel, de cada flor) de todas y cada una de nuestras experiencias diarias.
Ese es el pan de cada día, que realmente nos alimenta, nos fortalece y nos hace crecer espiritualmente, hasta lograr la mejor y más elevada expresión y realización de nosotros mismos. Esa Sapientia es aquello que da sabor a todos nuestros pensamientos, palabras y acciones (que, de otra manera, serían insípidos); y no debe, por lo tanto, confundirse con aquellos conocimientos que puedan adquirirse pasivamente, o con la ciencia que se nos inculca y aprendemos por medio de la educación ordinaria.
La sabiduría verdadera, o sea lo que realmente sabemos, no es cosa que puede lograrse por medio de un estudio puramente teórico, sino, que es el producto interior de la reflexión y del discernimiento, en el cual igualmente participan la ciencia y la experiencia.
No sabemos lo que sólo hemos aprendido con la inteligencia y conservado por medio de la memoria, sino aquello que, en el fuero íntimo de la conciencia individual, según crecen nuestra reflexión y nuestro discernimiento, hemos reconocido como cierto y real, y estamos profundamente convencidos de ello. Tampoco hay verdadera ciencia en donde pueda subsistir la menor duda; sólo cuando la duda, y toda posibilidad de la misma, hayan desaparecido, podemos estar seguros de que nos encontramos frente de la Verdad según nos es dado percibirla en nuestro estado de evolución espiritual.
La Sabiduría no puede darnos la Verdad en sí, pues ésta es absoluta, y nunca puede caber en las limitaciones de nuestra inteligencia, para la cual se considera como inasequible; pero nos da constantemente testimonio de ella, según la espléndida contestación de Jesús a Pilatos. Y ese testimonio es oído por todos aquellos que la buscan; por esta razón se llaman ellos filósofos o "amigos de la Verdad".
El carácter filosófico de la Institución Masónica es evidente. Todo su simbolismo nos indica en cada paso el Camino de la Verdad, que es inseparable de la práctica de la Virtud. La una y la otra derivan etimológicamente de la misma raíz vir o ver, que aparece también en el latín vis con el sentido fundamental de "fuerza", y por ende la capacidad implícita y el poder de subsistir y permanecer, por esa fuerza de la Inherente Realidad.
El mismo secreto masónico en su más profunda acepción, significa precisamente esa Verdad Absoluta que nunca puede revelarse o comunicarse directamente, y de la cual la Sabiduría nos da constantemente el testimonio y nos indica el camino. Ese "secreto" es masónico, en cuanto se refiere precisamente a la Sabiduría Divina o Principio Geométrico constructor del universo y de la vida en todas sus formas y expresiones; y en cuanto constructivos son sus propósitos, su medio y su finalidad. Es, además, secreto también por el hecho de que la naturaleza, el hombre y todos los seres se construyen y evolucionan, interna y externamente, en proporción de como esa Sabiduría latente se hace secretiva, expresándose como Inteligencia Creadora, en el tiempo y en el espacio.
Antinómica a la idea de vis que se halla expresada en los radicales de Virtud y Verdad, es la de vicio, derivada del latía viere "ligar, atar", y también "corromper". Aquí tenemos precisamente el opuesto de la idea de Libertad, que se asocia naturalmente con las primeras palabras, en cuanto se adquiere por medio de la Fuerza, sobre todo moral y espiritual, se establece sobre la Verdad ("Conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres"), y se conserva por medio de la Virtud.
Todo "vicio" representa una deficiencia de aquella vis interna, que se sostiene por medio de la Verdad y se expresa en la Virtud. Por lo tanto hay vicios tanto intelectuales, como morales, y los primeros, en general, se acompañan con los segundos; la inteligencia se halla viciada cuando se haya extraviado en el error. La mente está entonces atada por ese error, y se halla por ende sujeta a una forma de "esclavitud" tanto moral como material, que tiene su raíz precisamente en ese vicio mental.
No puede haber salvación de ese círculo vicioso, sino en el Amor de la Sabiduría, que nos lleva a discernir la Verdad, que se halla en el fundamento de la vida. "Ella es árbol de vida a los que de ella asen; y bienaventurados son los que la mantienen" (Proverbios).
Como condición indispensable, para hacer parte de la Sociedad Masónica, se les exige universalmente a los aspirantes ser libres y de buenas costumbres. Esto significa en un primer término el hecho de hallarse independientes hasta donde sea posible, de la tutela o dependencia de otras personas, que pudieran interferir con los deberes que se adquieren ingresando en la Institución; e igualmente, observar aquella conducta moral que patentiza sus aspiraciones ideales, y el deseo de elevarse y ennoblecerse espiritualmente. Estas condiciones preliminares son el fundamento necesario de todo progreso ulterior; sólo en la medida de su interna libertad, puede el hombre escuchar las palabras de la Sabiduría y dirigir rectamente su camino y aprovechar lo más útilmente posible sus experiencias.
Pero, una Libertad más plena y verdadera — e igualmente, aquellos mores o "costumbres" que patentizan el esfuerzo interior hacia un ideal ético superior— sólo pueden ser el fruto de la siempre más plena y efectiva adquisición de esa misma Sabiduría. Sólo de esta manera se logra entender el significado de la libertad filosófica, en la que el hombre consigue hacerse verdaderamente libre de todos los vicios y ataduras tanto interiores como exteriores, tanto intelectuales "tomo morales y materiales; esta última y más cierta Libertad es, por lo tanto, para cada masón el resultado de su progresiva iniciación en la Luz de la Verdad. Y en cuanto a las buenas costumbres, son algo que necesariamente la acompañan, pues las tinieblas no pueden seguir existiendo en donde haya venido la luz.
Así pues, en la primera condición para ser recibido masón, se halla potencialmente contenido el Ideal, que ha de llevarle un día a la plenitud de tal cualidad, según ese mismo ideal logre desarrollarse desde esa primera semilla y crecer en una planta lozana y vigorosa.
De aquí también se ve claramente que ese primer punto del trinomio iniciático de la Masonería, no pueda nunca interpretarse (como a menudo vulgarmente se ha hecho), en el sentido de licencia o libertinaje. Estos hechos se hallan de antemano excluidos en la preliminar exigencia de observar buenas costumbres, de la cual el masón no puede nunca alejarse, pues sus costumbres deberán hacerse siempre mejores, según efectivamente progresa en el camino iniciático que la Masonería le indica simbólicamente.
Según sus landmarks — o contraseñas particulares que la delimitan y la hacen distinguir de todo aquello que difiera de esos principios— la Masonería es, pues, sobre todo la Institución Orgánica de la Moralidad, y por lo tanto ese punto no puede nunca y de ninguna manera considerarse como secundario o sin importancia. Pero, eso es también algo distinto de la simple y supina sujeción a un determinado código, impuesto de afuera, más bien que ser libremente reconocido y aceptado de adentro.
La moralidad ordinaria no tiene otra base y sanción fuera del temor de las consecuencias que deriven del hecho de obrar contraviniendo a determinado código. El hombre se abstiene de hacer lo que considera malo, por temor al castigo que en éste y en el otro mundo pueda sobrevenirle obrando en contra de las leyes que la sociedad y la religión se esfuerzan en inculcarle. Y ese temor es para él un maestro necesario, hasta que no haya crecido en un grado superior de desarrollo y madurez espiritual.
Pero, en la Masonería se considera al hombre como emancipado de esa tutela del temor, dado que también las pruebas que debe sufrir para ser admitido tienen por objeto demostrar esa emancipación.
Entonces el hombre se halla en el punto de reconocer en su verdadera luz, y con siempre mayor claridad, la naturaleza de su verdadera relación, con el Principio Supremo de la existencia, con su propio ser o personalidad (expresión de ese Principio), y con sus semejantes; y los deberes que derivan de ese íntimo reconocimiento, han de constituir de ahora en adelante su propio código moral.
Para servirnos de un símil hermoso y fácil de entender, más bien que conformarse puramente a la letra de la Ley, según se halla grabada en las tablas de piedra y demás códigos externos, el Masón ha de esforzarse en buscar el espíritu de la misma, que se halla grabado dentro de su propio corazón, en el que tiene que reconocer, y observar la Ley más verdadera. Esa Ley es pues la Ley de la Vida, la ley inherente a la Vida Interna, que permite su siempre más plena y perfecta expresión, y que, precisamente en el corazón, tiene su centro y su asiento orgánico. Esta ley interna corresponde con el concepto indo del Dharma, palabra que significa literalmente "sostén" y suele traducirse como deber, siendo su sentido más profundo el de Ley de Vida, según lo acabamos de indicar.
Así pues, la moral en el sentido masónico, es la Ciencia y el Arte que nos hacen conocer la Ley de la Vida, y ponen nuestra existencia en condición de perfecta armonía con esta misma Ley. Es la Ley que ha de reconocerse y observarse libremente, independientemente de cualquier constricción o temor exterior, debiéndose buscar y hacer el Bien en sí mismo y por sí mismo, sin tener en cuenta las ventajas o desventajas que de ello puedan derivar, simplemente por el hecho de que es la Ley Suprema de la Vida.
Sólo de esta manera se obtiene la libertad filosófica que siempre se acompaña y se mide por la virtud. En ese esfuerzo y en esa libertad hay una perfecta igualdad de derechos y de deberes, consiguiéndose igualmente un estado interior de equilibrio, y una íntima condición de equidad que se hará manifiesta en todo pensamiento, palabra y acción. Y éstos serán los signos que harán reconocer externamente a quien se haya hecho masón, dentro de su propio corazón.
En cuanto a la fraternidad es el tercer punto, que sólo puede ser entendido y realizado según se hayan manifestado los dos anteriores: es el sentimiento que nace de la conciencia íntima de la Unidad de la Vida, o sea del Único Principio Espiritual y Divino que anima, inspira, guía y sostiene de adentro a todos los hombres, y se manifiesta progresivamente en el más elevado Ideal que cada cual sepa concebir en su fuero íntimo, y al que pueda aspirar.
Ese Ideal interior es el Logos viviente en cada hombre, que expresa en él la Vida Elevada de su ser más verdadero, el Arquitecto del templo de su vida, que en ésta se esfuerza por realizar los planes perfectos de la Infinita Sabiduría Creadora o constructora, la que tiene su asiento en el Oriente Eterno, o sea en el origen primordial e inmanente de todas las cosas.
Este mismo Logos lo simboliza, en su aspecto tradicional, el Libro Sagrado —la Biblia, para los masones occidentales, sea cual fuere su versión— dispuesta en el centro del "punto geométrico" de la Logia, sobre el ara, simbólica del estado de "elevación" en el cual únicamente puede recibirse e interpretarse correctamente, aun con el auxilio de los instrumentos del Juicio y de la Comprensión que necesitamos aplicarle, para que su estudio y su lectura sean realmente provechosos.
La Tradición Universal (de la cual cada sagrada escritura, recibida en estado de éxtasis o inspiración, es un aspecto) es, pues, también una expresión de ese Gran Logos viviente que preside como Gran Arquitecto la Gran Obra del Universo y de la Vida; y su valor estriba principalmente en su poder de inducirnos y conducirnos hacia la mística Comunión con la Presencia Inspiradora que es la vida de la Palabra y de toda palabra.
Y al final de todos los trabajos masónicos tendremos que sincerarnos de la "justeza" o ajuste de nuestra interpretación actual de la Palabra de la Eterna Verdad que constituye nuestra perenne inspiración, juzgando de Ella por medio del carácter constructivo y satisfactorio de sus efectos o resultados: tanto en el Oriente, que es el asiento natural de la Luz y de la Sabiduría del Principio Creador, como en el Occidente, en donde se asienta la inteligencia o Fuerza realizadora; e igualmente en el Sur, en donde tiene su trono el criterio de la Belleza y Armonía de la obra, que hacen fecundos los resultados de toda actividad.

Nota:
(1) Es interesante notar, a este respecto, que una estructura comparativamente dinámica (o sea, literalmente, una obra o acción constructora) produce un resultado relativamente estático, como es para nuestros sentidos la materia ordinaria.

Tomado de:

ALDO LAVAGNINI (MAGISTER), EL SECRETO MASÓNICO. Capitulo I, El Logos

 

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